Llegan las vacaciones, el buen tiempo, los planes al aire libre... y para muchas personas con migraña, también llegan más crisis. No es mala suerte: en pocas semanas coinciden varios factores que, por separado o combinados, pueden desencadenar un episodio. Y alguno de ellos seguramente te sorprenda.
Ya hablamos en otro artículo de los desencadenantes de la migraña en general. Aquí nos centramos en los protagonistas del verano —el calor, la deshidratación, el alcohol y los cambios de rutina— y en lo que dice realmente la ciencia sobre cada uno.
No es el calor: es el cambio
Podrías pensar que cuanto más sube el termómetro, peor lo pasa tu cabeza. Pero un estudio publicado en la revista Neurology, que analizó más de 7.000 visitas a urgencias por dolor de cabeza en un hospital de Boston, encontró algo más interesante: lo que más se relacionaba con el riesgo no era la temperatura en sí, sino su variación. Por cada subida de 5 grados, el riesgo de acudir a urgencias por dolor de cabeza aumentaba un 7,5 %.
Dicho de otra forma: lo que más pesa no es el número que marca el termómetro un día en concreto, sino que haya subido de forma notable respecto a los días anteriores, como ocurre cuando llega una ola de calor de golpe tras unos días más frescos.
Esto también parece aplicarse a una escala más pequeña y cotidiana: muchas personas con migraña señalan los cambios bruscos entre ambientes —salir del coche con el aire acondicionado a tope y meterse de lleno en el sol, por ejemplo— como un desencadenante en sí mismo. Una revisión científica de 2025 sobre temperatura ambiental y migraña recoge este mecanismo como plausible, aunque también es clara al reconocer que la evidencia todavía es desigual y que probablemente afecte más a un subgrupo de personas con migraña que a todas por igual.
No afecta a todo el mundo igual —hay quien lo nota mucho y quien apenas lo relaciona—, pero si sospechas que el calor es uno de tus desencadenantes, vigilar los cambios bruscos de temperatura puede decirte más que vigilar el termómetro.
El desencadenante que se arregla con un vaso de agua
Si tuvieras que apostar por el desencadenante más fácil de corregir, sería este. Con más calor, más ejercicio al aire libre y más horas de sol, el cuerpo pierde líquido más rápido de lo habitual, y no siempre se compensa bebiendo más.
¿Por qué duele la cabeza cuando falta agua? El cerebro en sí no tiene receptores de dolor, pero está envuelto en unas membranas —las meninges— que sí los tienen, y son muy sensibles. Cuando el cuerpo pierde líquido, el cerebro puede perder ligeramente volumen y tirar un poco de esas membranas, lo que genera dolor. A esto se suma que, con menos volumen de sangre circulando, llega algo menos de oxígeno al cerebro. Así lo explica una revisión de 2021 publicada en la revista Current Pain and Headache Reports sobre la relación entre la falta de líquido y el dolor de cabeza.
Lo llamativo es lo poco que hizo falta para notar la diferencia en un ensayo clínico publicado en la revista Family Practice: a un grupo de personas con dolor de cabeza recurrente se le pidió, simplemente, beber un litro y medio más de agua al día. Tras 12 semanas, las horas de dolor se habían reducido de forma notable frente al grupo que no cambió sus hábitos.
No hace falta obsesionarte con contar vasos de agua, pero sí conviene beber a lo largo del día sin esperar a tener sed, sobre todo si sudas más de lo habitual.
El alcohol, la conexión que casi nadie menciona
Ya que hablamos de deshidratación, hay una relacionada que merece su propio espacio: el alcohol. Y en verano no solo hay más ocasiones para beber —terrazas, celebraciones, viajes—, sino que el consumo también sube: varios estudios en distintos países, con datos que van desde encuestas hasta cifras de ventas, coinciden en que el consumo de alcohol alcanza uno de sus picos anuales en verano, con subidas de hasta un 20 % frente a otras épocas del año.
Casi 4 de cada 10 personas con migraña señalan alguna bebida alcohólica como desencadenante —y, de ellas, la gran mayoría apunta al vino tinto en particular—, según un estudio con más de 2.000 pacientes publicado en la revista European Journal of Neurology. Y no suele tardar: en 9 de cada 10 casos, la crisis llega en menos de 10 horas.
No parece ser solo el alcohol en sí: se investigan la histamina (el vino tinto contiene bastante más que el blanco), los sulfitos —añadidos como conservante en la mayoría de los vinos y en algunas cervezas—, ciertos flavonoides como los taninos —presentes sobre todo en el vino tinto, por el contacto con la piel de la uva durante la fermentación— y el propio efecto del alcohol que dilata los vasos sanguíneos y tiene efecto deshidratante. Probablemente sea una combinación de varios factores, y probablemente varíe de una persona a otra.
Esto no significa prohibirte la caña o la copa de vino de la terraza, pero sí prestar algo más de atención en una época con tantas ocasiones para encontrarte con él: si notas que una bebida concreta se repite antes de tus crisis, puede que hayas encontrado uno de tus desencadenantes personales.
Por qué la crisis llega justo cuando por fin te relajas
¿Te ha pasado alguna vez que la migraña aparece justo el primer día de vacaciones, cuando por fin ibas a descansar? Tiene una explicación, y la respalda un dato llamativo: un estudio publicado en la revista Neurology encontró que, en las seis horas siguientes a una bajada brusca de estrés, el riesgo de migraña se multiplica casi por cinco. Los científicos lo llaman "let-down migraine": la crisis que llega después del estrés, no durante él.
A esto se suma que el cerebro con migraña funciona mejor con regularidad, y el verano es precisamente la época en la que más se rompe: se duerme distinto, se come a otras horas, hay más vida social. Un estudio publicado en la revista Headache, que analizó los patrones de sueño en una amplia muestra de personas con migraña, encontró que tanto dormir menos de 6 horas como más de 8 se relacionaba con crisis más frecuentes e intensas, mientras que dormir entre 6 y 8 horas se asociaba a más días sin dolor.
Mantener algunos anclajes durante el verano —una hora aproximada para dormir y despertar, no pasar muchas horas sin comer, bajar el ritmo poco a poco en lugar de parar en seco el primer día de vacaciones— no significa renunciar a las vacaciones. Es, simplemente, darle al cerebro un mínimo de estabilidad en medio de tantos cambios.
Cuando los factores se unen
Aquí está la parte que casi nadie tiene en cuenta: estos factores casi nunca actúan solos. Un día de calor intenso, en el que además sudas y no bebes suficiente agua, te tomas alguna copa de alcohol y en el que también has dormido mal por estar de viaje, junta varias piezas a la vez. Y no hace falta que estén presentes todos para que aumente el riesgo: a veces con dos es suficiente.
Algunas ideas sencillas para llevarlo mejor:
- Beber agua de forma regular, sin esperar a tener sed
- Buscar la sombra y evitar los cambios bruscos de temperatura
- Mantener horarios de sueño y comida lo más estables posible, también de viaje
- Llevar la medicación o el complemento habitual en el equipaje, y no saltarte la toma aunque cambie la rutina
- Ir con cuidado con el alcohol
Más que evitar el verano, tiene sentido prepararlo. Y ahora ya sabes por qué.


